Sicilia, tierra del Mito

“Italia sin Sicilia no dejaría ninguna huella en el alma: aquí se encuentra la clave de todo”

¿Por qué el gran poeta alemán llegó a esta conclusión al final de su Viaje en Italia (Italianische Reise) en 1817?

Si los etruscos, por su escasa capacidad de expansión, su gran capacidad artística y su culto a los muertos, han sido los egipcios de Italia, Sicilia ha sido el Atlántida del Mediterráneo.

Sicilia, la Atlántida del Mediterráneo

Una Atlántida no soñada por los filósofos ni por los antiguos navegantes, pero real, capaz de encantar y magnetizar a pueblos y a grandes personajes que la han conquistado, habitado, explotado pero también enriquecido, terminando siempre por dejar una huella que se ha superpuesto a las anteriores. Pueblos y grandes personajes que por codicia o por amor han hecho un mito de ella.

En las Cuevas dell’Addaura, que desde el macizo del Monte Pellegrino dan hacia el mar, figuras humanas del Paleolítico Superior grabadas en la roca se dedican desde hace muchos miles de años a una danza ritual que encanta a los afortunados visitantes.

Fenicios y Griegos en Sicilia

El colonialismo en sí comienza en Occidente con los fenicios y en Oriente con los griegos. Los primeros comerciantes, más que conquistadores, habrían fundado quizá una segunda Cartago si los griegos, más emprendedores y combativos, se lo hubieran permitido. La antigua Mozia, poco más al sur de Trapani, es una huella, no espectacular, pero sí de gran encanto. Una calle subterránea la unía a la tierra firme, construida para impedir que los carros se hundieran en el barro. Todavía existe.

Pero son los símbolos de la religiosidad griega los que dominan todo. Desde una alta cordillera de roca clara, el templo de la Concordia domina el Valle de Agrigento. Incluso más que la de Atenas, la Acrópolis de la antigua Akragas (Agrigento) permite entender esa ocasión cotidiana de agregación que constituye este lugar privilegiado.

No menos impresionantes son los restos de Selinunte, colonia dórica de Megara, cuyos templos impresionan todavía hoy, si no ya por su altura, desgastada por los siglos, sí por su espesor. Como en Agrigento, también aquí hay una concentración de templos que hicieron de ella un lugar de peregrinación de la isla. El más grandioso es el llamado Templo G, cuya planta, que supera en amplitud a la del Partenón y a la de la Basílica de Paestum, hace de él el mayor templo griego  jamás construido.

Mágica, y como sacada de un cuento de hadas, es la aparición del templo dórico de Segesta. Se encuentra solo en el campo, protegido por un silencio casi perfecto, y se revela de repente a la vista detrás de una curva, rodeado por campos de trigo y amapolas, o de hierba, según la estación.

Un espectáculo de una simplicidad abrumadora y atractiva, capaz de conmover si se tiene el coraje de abandonarse al  menos durante un rato. Subiendo por una callecita de tierra, llegamos a un teatro. Pequeño pero de acústica perfecta. Y al fondo, grises y casi amenazantes, las montañas. Por supuesto, no es el Teatro de Taormina, que está rodeado por delante por un mar mágico, y por detrás por el impresionante Etna.

Y no es tampoco el teatro de Siracusa, imponente y todavía hoy usado para poner en escena las mismas obras para las que fue construido. Pero esto es solo uno de los tantos tesoros de aquella que ha sido la más rica y potente Polis del Mediterráneo y la segunda ciudad de Italia, después de Roma, en cuanto a su patrimonio arqueológico y arquitectónico. Ni los cartagineses ni los atenienses consiguieron nunca anexársela, ni siquiera bajo el dominio férreo de Dionigi. Llamado il Vecchio (el Viejo) sometió a casi toda la isla y se expandió hacia el litoral Adriático, fundando Ancona, y hacia la Toscana influenciando el arte y la cultura etrusca.

La Sicilia de los Romanos

Sorprendente, y contrariamente a lo que era habitual en ellos, los romanos no dejaron mucho en Sicilia… Quizá porque ya había muchísimo. Pocas son las excepciones, y casi ninguna de gran interés artístico o arquitectónico, aparte de  la Basílica y el Teatro de Tindari (que fue construido por los griegos, pero sufrió varias reestructuraciones en la época romana), y sobre todo la célebre Villa Romana del Casale, con sus extraordinarios mosaicos que han llegado intactos hasta nuestros días.

Muchos otros testimonios, aparte de los griegos y de los romanos, quedaron ya antes con los bizantinos y luego con los árabes y los normandos. Y es curioso ver cómo los tres estilos se han mezclado armoniosamente, formando un unicum que existe solo en Sicilia. La catedral de Monreale es un ejemplo sublime. La misma estructura de la iglesia, el pórtico, el claustro, la columnata y  los mosaicos, de más de 6.000 metros cuadrados, representan una síntesis simbólica de razas, culturas y tradiciones capaces de expresar un sentido de lo místico y de lo divino, de las distintas religiones que se han sucedido y sobrepuesto en la isla. No es exagerado decir que Monreale merecería, por sí sola, un viaje.

Los árabes y los normandos

La presencia árabe es más vistosa en los edificios y en las iglesias, a veces por sí sola, a veces unida a la normanda, y este acercamiento es más evidente en Palermo. En el castillo de la Zisa, en la Cuba de Palermo y en la llamada pequeña Cuba di Vicari.  El predominio de los “hombres del Norte” se ve en la encantadora iglesia de la Martorana y es mucho más evidente en la Catedral, en la Capilla Palatina, y en el palacio de los Normandos, donde la magnificencia de la sala del Rey Ruggero hace pensar más en el palacio de un emir que de un “emperador de linaje y educación europea”.

Un aspecto aún más militar tiene la Catedral de Cefalù, cuyas torres almenadas que culminan con dos esbeltas pirámides desiguales, le dan el aspecto de una elegante fortaleza.

La presencia normanda es evidente en los castillos que encontramos en Sicilia. Como el templo de Segesta, el castillo Ursino de Catania se presenta en modo absolutamente impredecible. Aparece de repente con su foso vacío para dominar una plaza de viejos edificios burgueses. Este palacio fortificado fue encargado por Federico II, al que en el Vaticano consideraban un sultán por el tono oriental de su modo de vivir y sus intereses científicos.

Minúscula y única en su género, la roca de Aci Castello, de origen antiquísimo, surge sobre una formación de lava que en un tiempo estuvo totalmente rodeada por el mar y que una erupción transformó en un promontorio. En esa parte de la costa Jónica el Etna siempre modela a su antojo los límites entre la tierra y el mar. Desde la repisa de una de sus pocas ventanas se comprende en un solo vistazo a los sarracenos, el Etna y las rocas di Acitrezza que el mito ha arrojado con un Polifemo ya cegado contra el fugitivo Ulises, que había sabido resistirse a la tentación de reírse de el a carcajadas.

Los Virreyes españoles

En la Sicilia feudal y católica de los Virreyes españoles, el Barroco no podía encontrar un terreno mejor. La pretensión artística e ideológica del Barroco era sorprender, cantar a la gloria, no solo de la Iglesia, sino también de una aristocracia que no pretendía en modo alguno esconder su prestigio y riqueza, decidida incluso a exhibirlas sin ningún temor. Por supuesto, no sorprende verlo en las ciudades más grandes, como Palermo, Catania y Siracusa, sedes naturales de catedrales y palacios, pero es asombroso descubrirlo en pueblos de pequeñas dimensiones, privados de un peso político y social.

El ejemplo de Noto es el más significativo. La gigantesca escalinata de la Catedral tiene una respiración casi intimidatoria. Parece pensada para que suban dos o tres mil personas al mismo tiempo, y hacerlo solo y despacio, mirando la fachada de la iglesia, es una experiencia que no deja indiferente.

Los centros del Barroco siciliano

Pero si el de Noto es un nombre célebre, otros más pequeños reservan sorpresas inesperadas. Scicli, por ejemplo, un pueblo encarcelado en una cuenca de rocas calcáreas, y Naro, con la iglesia barroca más original de la isla. Otros dos ejemplos muy especiales son Ibla y Módica. Nada te prepara para la vista de San Gregorio en Módica, en opinión de muchos la construcción barroca más bonita de la Italia meridional. Si en Noto la Catedral se anuncia por su grandiosa escalinata, aquí es una aparición.

El Barroco siciliano representa solo uno de los muchos periodos históricos que constituyen la trimilenaria historia de la isla, y puede ocurrir que dos de estas épocas se encuentren. Ha ocurrido en Siracusa, donde el templo dórico dedicado a Minerva se ha incorporado a la construcción de la Catedral.

Más uniforme es el estilo de la vecina Catania. Más iglesias que palacios: es la primera impresión, que quizá es la adecuada. Como si el Estado hubiese querido mantenerse en un respetuoso paso por detrás de la Iglesia. No es la iglesia más bonita de la isla la Catedral de Catania, pero dignifica notablemente una plaza extraordinaria: la plaza de la Catedral. Y Via Crociferi, definida la calle más grande del mundo, que baja en pocos cientos de metros de la puerta de los jardines de la Villa Cerami hasta la plaza Dusmet. Desde el Bell’Antonio, de la novela de Vitaliano Brancati, a Storia di una Capinera, inspirada en un cuento de Giovanni Verga, el cine ha servido menudo de las sugerencias de esta joya del arte Barroco.

Federico II de Suabia y una idea de Europa

Strano destino, quello della Sicilia. Qui ha visto la luce il primo parlamento degno di questo nome ad opera del grande Svevo Federico II, stupor mundi. Qui arte e cultura hanno espresso per una ventina di secoli alcune delle cose migliori di cui l’Europa è stata capace.

Eppure l’isola non è mai riuscita a diventare un vero stato, né ha avuto di conseguenza un proprio esercito, prima per affermare e poi per difendere un’identità nazionale. Piacevoli catene, per gli occhi di un turista vagabondo, dal momento che ogni dominatore, imponendo le sue armi e i suoi balzelli a comunque lasciato una traccia di sé, non solo nella razza e nella lingua, ma nell’architettura, nell’arte, nella letteratura e nelle colture.

Sicilia, tierra de contaminación cultural y de mitos

Todo esto nos hace preguntarnos algo. ¿A quién pertenece una tierra? Desde un punto de vista jurídico es fácil responder, ¿pero histórica y moralmente? ¿Al que la ha habitado durante más tiempo o al que  ha dejado más huellas en ella? ¿O al último pueblo que la ocupa? ¿Y qué sangre corre por las venas de este pueblo? En eso Sicilia es realmente ejemplar porque el citado “pueblo siciliano” en realidad puede haber existido solo en un periodo protohistórico. Desde entonces, ha sido una sucesión de presencias en las que cada dominador, después de haber dejado en la isla colonias y cruces genéticos con los indígenas, se ha convertido en dominado. ¿Qué era el pueblo siciliano oprimido por los Borbones si no un intrincado conjunto de fenicios, griegos, bizantinos, árabes, normandos, etc., hasta viajeros de paso, piratas y quién sabe qué más? En ningún sitio como en Sicilia se tiene la sensación de que la tierra pertenece a todos. Y cuando esta tierra es particularmente rica de memoria histórica, se convierte en patrimonio de la humanidad.